por Nacho D’Aquila - 15 dic 2018

 

 

El chico estaba en el museo menos por interés cultural que por obligación turística.  Estaba dispuesto a ver algo que le gustara, pero sabía que no tenía las competencias para admirar y valorar todo lo que había ahí.  La realidad es que tampoco le importaba demasiado.

 

Ya había recorrido toda la planta baja y la mitad del primer piso.  Si bien había visto algunas obras que le habían llamado la atención, aunque más no sea por ver en vivo y en directo algo visto muchas veces a través de otros medios, como la impactante La Civilización Cristiana y Occidental de León Ferrari, no podía sacarse de la cabeza la primera imagen que vio cuando entró al museo.  La de Ferrari sí, es una obra que no te deja indiferente, como el buen arte.  Pero el artefacto que vio cuando entró al primer salón lo obsesiona desde que tiene memoria.  Y a esta altura del recorrido estaba pensando sólo en llegar al final para acercarse a él.

 

Cuando retornó a la planta baja, lo vio a lo lejos.  Estaba en una esquina, de negro inmaculado.  Con ímpetu de adulto, se acercó a la recepción y le preguntó a la chica que tenía la mirada perdida.  “¿Está abierto el piano?”.  “No debería”, contestó ella.  La respuesta fue suficiente para saber que la charla sólo se basaría en negativas, tenía ese tipo de intuición.  Así que giró y se dirigió a paso firme hacia el piano.  A unos metros de él, escuchó que la chica de la recepción llamaba a un Carlos, de manera nerviosa.  El chico apuró el paso, se puso de frente al piano y levantó la tapa.  Se abrió como si se encontrara con su destino.  Stainway & Sons, rezaba en letras doradas.  No necesitó escuchar cómo sonaba para saberse en presencia de una invención de las más refinadas de la humanidad.  Se emocionó como no le pasó con ningún cuadro.

 

“No se puede tocar”, escuchó detrás de sí.  “Vos debés ser Carlos”, pensó el chico.  Cuando lo miró, la palabra que se le vino a la cabeza fue “básico”.  “Se usa para presentaciones y recitales, y lo afinaron hace dos días”.  El chico rió para sus adentros.  No es la primera vez que escuchaba este tipo de “razones”.  “Tardó como doce horas, afinó tecla por tecla”.  El chico se sonrió de vuelta, “No podía ser de otra manera, Carlos”, pensó.  “Es un piano muy viejo”.  La voz de Carlos resonaba en la cabeza del chico como el zumbido constante que se escucha en un viaje en subte.  Empezó a dirigirse a la puerta, mientras Carlos seguía espetando las razones para el no, de la forma más elaborada que podía.  A metros de la puerta de salida, la recepcionista le dijo al chico “Perdón, pero no se puede.  No se puede”, pero el pibe no se detuvo ni la miró.  Pensaba en cómo en un lugar destinado a difundir el arte, la palabra “No” fluyera con tanta naturalidad, cómo esas dos personas estaban ahí y reaccionaban de esa forma.

 

De cualquier manera, salió del museo excitado.  Se reprendió por no haber estado estudiando lo suficiente y se prometió redoblar los esfuerzos.  Encaró la calle pensando en que, si algo le representaba el arte, era un gran “no”, y su enorme deseo por derribarlo.  A partir de ese momento, ese sería su mayor diversión y entretenimiento.

 

 

por Nacho D’Aquila - 30 nov 2018

 

 

La reunión entre las cuatro amigas estaba saliendo maravillosamente bien.  Por un motivo o por otro se había postergado varias veces, por lo que el placer (contenido) era doble.  Cerveza para dos, vino para una, jugo para la restante.  Pizza para todas.

 

La charla pivoteaba mayormente entre política y la educación pública, dado que las cuatro eran maestras.  Pero la atracción principal de la noche fue cuando Vino contó su más reciente viaje.  Con la piel todavía dorada, narraba sus periplos en tierras lejanas, alternando comentarios profundamente sociológicos y chistes de lo más simples y efectivos.  Su carácter histriónico hacía el resto.  Cerveza 1 acotaba, mientras Cerveza 2 y Jugo lloraban de risa.

 

La cena era perfecta, las risas se multiplicaban.  La conexión era plena.  En medio de un relato cuasi de suspenso, Cerveza 2 rompió el contacto visual para calzarse los lentes de ver de cerca.  No los necesitaba en la charla, pero sí para chequear el celular.  Intermitentemente se ponía y se quitaba los lentes según los necesitara.  Sus interlocutores no reparaban en su conducta, y si lo hacían, no les molestaba en lo absoluto.  Cuando la palabra pasó a Jugo, fue Vino la que tomó su celular mientras susurraba -para ella, principalmente, y para quien quiera oírla- un "llegó un video".  Al instante puso play, así que Jugo debió alzar un poco más la voz para superponerse a lo que a todas luces parecían un dúo de guitarras bastante distorsionadas sonando por el precario parlante del celular.

 

Como cuando estás embarazada o usando muletas y ves a otras/os en tu mismo estado por la calle, no pude dejar de ver esta conducta toda la noche: no importa el tema de conversación, o la instancia de la anécdota, cada una podía, en cualquier momento, dejar de ver a quien hablaba y mirar su celular.  Ni cuando las cuatro estallaron en una carcajada, Cerveza 1 pudo evitar mirar el Whatsapp, simplemente por no dejar de hacerlo.  Lo que más me sorprendió es que ninguna criticó o siquiera reparó en la conducta general.

 

Serán las nuevas reglas.  Si la conexión a internet es fuerte, las otras conexiones soportarán lo que sea.

 

 

Delay

por Nacho D’Aquila

29 ago 2018

 

Apuro el paso para llegar a la esquina por miedo a perder el colectivo.  Milagrosamente, esta vez no estoy llegando tarde, pero el viento está cargado de malicia fría, y el odiado encierro del bondi puede servir de refugio.

La ley de compensación es real, y yo ya he pedido mi justa parte de ayuda divina.  Realmente no necesito que venga, así que el bondi no viene.  Me pongo a divagar.  No pasa demasiado hasta que llego a pensar en lo que estarán pasando los colectiveros que van hasta Once.  Imagino la situación: sube el pasajero y dice “once”, el colectivero le dice “¿hasta Once?”, el pasajero responde “¿qué?”, el colectivero dice “si vas hasta Once”, “no, voy hasta Castelli e Yrigoyen”, y el colectivero marca once pesos.  El siguiente pasajero dice “Once”, el colectivero marca once pesos.  El pasajero mira el visor y pasa la tarjeta, pergeñando que si llega a subir algún chancho y le reclama la extensión del boleto pagado, él dirá “yo le pedí hasta Once, ni me fijé cuánto marcó”.  El pasajero siguiente dice “Once”, el chofer marca once, el pasajero –honesto, él- dice “Once”, el chofer lo mira hastiado, el pasajero responde “hasta Once” a la mirada de súplica, y el chofer marca una fortuna.  El vodevil es interminable.

Mientras el disparate continúa en mi cabeza, aparece el bondi a cuatro cuadras.  A tres.  A dos.  A una.  Recién cuando está a escasos cuarenta metros saco la mano del bolsillo para pedirle que se detenga.  Abre la puerta y subo.  Mientras me tomo del pasamanos digo “buenas tardes”.  Ya adentro lo miro y en la mirada hay menos reclamo que expectativa.  Pero no obtengo respuesta.  Espero un momento más, dado que no tengo pasajeros detrás de mí y el bondi ya arrancó, pero nada.  Ni una palabra, ni una mirada, ni un ademán.  Resignado, porque tampoco es algo inédito, pido “once”.  Miro el visor, pero no aparece marcado mi boleto.  Estoy por repetir mi pedido cuando escucho “hola, buenas tardes”.  Sorprendido, sólo atino a decir “hola”. Lo miro un momento, pues nada sucede, y cuando voy a repetir mi pedido, en el visor aparece marcado el boleto de once pesos.  Apoyo la tarjeta y digo “gracias”, ahora sí, para establecer un contacto, para darle un tinte humano a la transacción.  Pero no me contesta.  Decidido, me quedo ahí parado unos segundos, pero no obtengo respuesta.  Lo miro y me doy cuenta de que ya está en su mundo de curvas y contracurvas, de abrir y cerrar la puerta.  Cuando estoy por llegar a la mitad del colectivo –apuntando a sentarme cerca de la puerta trasera- escucho un tibio y desganado “de nada”.

Sentado en el asiento individual de la izquierda, abro con esfuerzo la ventana.  Apenas una hendija para dejar entrar un poco de aire.  A resguardo y abrigado, el aire en la cara es un placer modesto.  Pienso en el chofer, en el mundo en el que estará.  En el mundo en el que habito yo al momento de subir al bondi.  Qué tan lejos estarán los dos mundos que, si mis cálculos no me fallan, hay al menos siete segundos de delay entre pregunta y respuesta.

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por Nacho D’Aquila - 07 sep 2018

 

 

Esa mañana de sábado se levantó temprano y a gusto.  Tal era el inexplicable bienestar, que decidió ir a comprar el diario y algunas medialunas.  No eran artículos de lujo precisamente pero sí totalmente prescindibles por lo que no eran parte de su rutina.  Vamos, que ese sol amerita un desayuno algo más entretenido.  Cuando volvió preparó café cargado, cargadísimo, y se puso a hojear el diario.  El desafío era, entre tantas publicidades y bajadas de línea, encontrar alguna noticia real.  No tardó mucho en llegar a la sección Deportes.  Tampoco en aterrizar en Espectáculos.  Cuando estaba llegando al final, se encontró con los horarios del cine.  Con una sonrisa de lado empezó a mirar los títulos.  No conocía ninguna película, hacía al menos cinco años que no pisaba un cine.  Cerró el diario, lo dejó sobre la mesa y fue al baño.  Cuando estaba por entrar, volvió sobre sus pasos, agarró el Espectáculos y retomó su ruta.

 

Estaba saliendo todo tan relajadamente –el despertar sin cansancio y sin achaques, la caminata y las ricas medialunas, el café y sus efectos revitalizantes- que tomó la decisión de suspender el trabajo e ir al cine.  A fin de cuentas, su oficio se lo permitía.  No sería más pobre si esa mañana no hacía los quehaceres.  Quizá a la tarde, si la siesta lo ayudaba.

 

Se pegó una ducha rápida, se vistió y emprendió el camino.  No era uno particularmente largo, tenía un complejo de cines a seis cuadras.  No le agradaba demasiado, dado que era un cine dentro de un shopping dentro de un supermercado.  Demasiada gente, demasiado barullo.  Pero la cercanía compensaba todas estas cuestiones y lo que no, lo hacía su buen humor.

 

Llegado al lugar, eligió el camino más corto, que incluía escaleras tradicionales en lugar de mecánicas.  “El ejercicio me va a venir bien”, pensó.  Caminó unos cuantos metros más y llegó a la boletería.  Tardó en ubicar el lugar al que debía dirigirse: a simple vista, parecía un despliegue de cajeros automáticos, expendedoras de pochoclos y golosinas, y banners de colores saltones.  Por fin encontró la cartelera, pero tuvo que hacer un rodeo a la fila de personas que había porque no llegaba a leer de lejos.  Se entretuvo un rato con los títulos hasta que encontró uno que había escuchado un par de veces en la televisión.  Estaba buscando el horario de la función conveniente cuando por reflejo se llevó la mano al bolsillo y lo palpó del lado de afuera.  Cayó en la cuenta de que hacía tanto que no iba al cine que ni sabía cuánto salía una entrada.  Busco un rato hasta que por fin dio con los precios, que figuraban con letras bastante chicas y en una esquina oscura.  Vio números que le parecieron exorbitantes pero poco a poco les fue encontrando el sentido: algunos correspondían a salas “Xmax” –lo cual dudó si eran por su tamaño o porque proyectaban películas prohibidas para menores-, otros a películas 3D y otras variantes.  Carajo, ya se estaba poniendo fastidioso.  Él quería pagar una entrada, entrar al cine y ver una película.  Nada más.  Encontró los precios ubicados bajo el rótulo “salas comunes”.  Ahí está.  Común, eso era lo que necesitaba en ese momento.  Jueves a martes, doscientos veinte pesos; miércoles, ciento diez.  Nota mental, venir un miércoles.  Doscientos veinte pesos le pareció mucho, pero dado que era una excepción, estaba dispuesto a pagarlos.  No iba a volver a su casa sin ver la película.  Cuando se ubicó en la fila, volvió a mirar la cartelera con los precios y reparó en la leyenda “¡Chequeá nuestras promociones!”.  “Voy a chequear”, pensó, “si eso significa unos mangos menos”.  Ahí fue que se dio cuenta de que lo que confundió con carteles de películas eran, en realidad, anuncios de bancos y otras asociaciones delictivas que ofrecían descuento en las entradas.  Tal banco, tal descuento.  Tal otro, tres cuotas sin interés.  Tal “comunidad” –extraña utilización de la palabra-, la posibilidad de comprar dulces a un menor precio.  Precio para jubilado, precio para estudiante.

 

Cuando fue su turno, miró la cartelera de precios una vez más y juntó la plata.  Billete a billete, los doscientos veinte pesos.  Porque había muchos bancos, muchos descuentos.  Pero al final de cada anuncio, un locutor a velocidad ultrasónica decía “promoción válida para todos menos para vos”.

 

Las conexiones

por Loli Báez

12 dic 2017

 

 

Las conexiones suceden cuando menos lo esperás. Un día, te encontrás leyendo un libro o un artículo, analizando una imagen o escuchando una nueva canción, y ahí es cuando, boom, como si nada, sentís algo dentro que se abre. Ese algo que se encontraba perdido dentro de vos, por fin encuentra lugar para ser. ¿Muy loco, no? Como si el cuerpo y la mente estuvieran esperando el momento correcto para recordarte que sentís algo.

 

Lo mismo sucede con el amor: las conexiones pueden pasar desapercibidas hasta que uno se deja llevar por la intuición, esa locura escondida dentro que nos recuerda que de vez en cuando tenemos nuevas oportunidades para conectar.

 

Repito, ¿qué loco, no? Después de tanto esperar, después de tanto fluir, aparece ese algo que nos hace recapacitar sobre nuestras expectativas.

 

A veces, uno se deja estar, deja de creer en la magia, deja de creer en que el universo está conspirando para bien, uno simplemente se aburre de esperar. Y ahí, cuando uno menos lo espera, el corazón y la cabeza hacen clic para posicionarse de vuelta en el juego.

 

Así es como de a poco uno vuelve a pasar por situaciones que le vuelan la cabeza, situaciones que nos dejan con espasmos y descargas de adrenalina, que buscan de nuestra dopamina para sobrevivir y salir al mundo exterior.

 

Después de ese encierro, después de esos atajos y esperas interminables, volver a creer no es fácil. Los miedos y preguntas comienzan a aparecer como figuras que se mueven delante de tus ojos. El amor es fácil de sentir, es fácil caer ahí, es fácil estancarse, pero lo que no resulta fácil es saber cómo actuar frente a estas nuevas coyunturas.

 

El corazón no elije, pero por otra parte la cabeza sí, es ella la que toma las decisiones que nos cambiaran la vida para bien o para mal.

 

A veces, ponemos fichas o expectativas en el lugar equivocado solo para aprender de nuestros errores, porque así es como forjamos nuestra verdadera potencia.

 

El fuego que sentíamos dentro no había muerto, simplemente estaba descansando, esperando el momento correcto. Porque a pesar de las fallas, a pesar de los desencuentros y las conexiones desviadas y confusas, uno necesita sentir que sigue vivo.

 

Las conexiones nos ayudan a reencontrarnos con nosotros mismos, porque aunque nos hayamos perdido a través del tiempo, seguimos siendo humanos. Las equivocaciones no son más que el manual que nos ayudará en el futuro a ser mejores, a elegir mejor, a conectar mejor.

 

Somos todos distintos y vibramos diferente porque la monotonía devora sin aviso, y los compromisos suelen tornarse aburridos.

 

Uno necesita conectar, uno necesita sobrevivir; pero más que nada, uno necesita sentir y estar, para recordar que lo vale, que uno es fuerte, que uno puede; y que nunca está solo, ya que siempre habrá algo nuevo con qué o quién conectar.

 

Para bien o para mal de eso se trata vivir, no de ser correspondido o amado. Sólo se trata de no perderse, de no quedarse, de seguir intentando y conectar con lo que nos hace estar más cerca, porque solo así se encuentran los logros personales.