por Nacho D’Aquila - 29 jul 2019

 

Hará un par de meses, no más que eso, la cosa estaba aquietada.  No tranquila, porque la situación no daba para tanto.  Pero el panorama tenía cierto aire de resignación.  La participación de Cristina todavía era una duda.  Se hablaba de que su número de seguidores tenía un piso pero también un techo.  Y que no le alcanzaba para competir.  Del lado de Macri, la situación del país hablaba por sí sola: casi todos los índices que recibió los entregaría en peor estado.  Se hablaba, incluso, de que podía quedar afuera de un eventual balotaje, quedar tercero.

 

Pero las piezas del ajedrez se empezaron a mover.  Cristina movió primero: la reina dejaba la primera línea para juntar fuerzas con su tocayo de apellido, un alfil que en algún momento había amenazado las casillas de su color.  Parecía una jugada maestra, en la que buscaba mostrar ánimos de conciliar, correrse del primer plano y construir un frente de ataque más amplio.  Los analistas hablaron entonces de que había red de mate, de que la cosa estaba por definirse, que tal vez con una primera vuelta iba a alcanzar.

 

En la otra vereda el desconcierto era grande, casi como aparentó en la gestión.  Que había que promover a la dama de la provincia, que Macri no podía tolerar la vergüenza de un solo mandato.  Y entonces, llegó el contraataque: el Presidente agarró una pieza de otro juego y otro color, y la sumó a sus filas.  Ahora el conciliador era él, sus ganas de “profundizar el cambio” lo llevaban a hacer cosas impensadas.  Sus números en la partida empezaron a mejorar.  Y a eso le sumó que comenzó a hacer un mejor uso del reloj, congelando situaciones para dilatar la llegada de los inevitables resultados.  Si llegara a quedarse sin tiempo después de diciembre, sería un problema para después de diciembre.  En este momento, había reencauzado la partida.

 

Lo que sucedió a partir de ahí parece un deja vu de los peores.  El reloj pareció alterarse, y nos hizo retroceder cuatro años.  De un lado, aparecieron caras que estabas guardadas con el tono pendenciero que se les conocía, con el sólo objetivo de escribir los mejores argumentos del equipo rival.  Del otro, se retomó la retórica de jardín de infantes, plagada de lugares comunes y palabras vaciadas de contenido como “futuro”, “ganas”, “esfuerzo” y “pasado”.

 

Los otros jugadores parecen haber hecho muy poco y demasiado tarde, como para siquiera participar de este juego de dos reyes con fortunas de arcas dudosas.  Que tienen en el tablero torres que operan, caballos que ejecutan y algunos peones que acompañan por convicción, miedo, asco al rival o conveniencia.

 

Como siempre, fuera del tablero, quedan desparramados por la mesa o caídos en el piso, millones de peones, avasallados por la guerra.  Ni siquiera pudiendo mover de a una casilla a la vez.