por Nacho D’Aquila - 31 oct 2019
El plan de la pareja para el sábado a la noche era quedarse en casa y ver una película. Quizá por la diferencia de edad entre ellos, para él era algo divertido y para ella casi un desperdicio de un momento del calendario destinado para otra cosa. “No se puede salir de joda todos los sábados, y además estoy molida”, pensó y aceptó sin mucha convicción.
Después de cenar una picada modesta, se metieron en la cama. Él enumeraba opciones que aparecían en la pantalla del televisor y ella las descartaba una a una. “¡Qué difícil que es!”, dijo ella y él sonrió un poco. Recordó las veces que, cuando el plan era una película, tenía que salir de su casa y caminar las nueve cuadras que lo separaban del videoclub. Estando allí, elegir una película por la foto, el título y el resumen que tenía la contratapa, sin posibilidad de sacar el celular para ver el trailer. Si de casualidad llegaba con alguna recomendación y preguntaba en el mostrador, le podían contestar “está alquilada, pero me la tienen que traer hoy”, y ahí la duda era esperarla un rato a ver si la devolvían o arriesgarse a que el que tenga en su poder la cinta se juegue a pagar un recargo por devolverla tarde.
Al final, eligieron un thriller en el que la hija del protagonista desaparecía y él héroe hacía todo para encontrarla. Si una peli era un plan tranquilo para el sábado a la noche, por lo menos que haya explosiones y tiros. La película fue de comienzo lento, por lo que, cuando se acabó el helado ella sugirió “¿Si adelantamos hasta la parte que desaparece la piba?”.
En dos universos paralelos, como cuando tenés una escena a pantalla partida, mientras él, después de esperar un par de horas en el videoclub para alquilar la película que le habían recomendado, emprende el retorno a casa y la noche recién empieza, ella termina de tomar el helado, gira para el otro lado y se deja caer en el sueño, sabiendo que puede conocer el final en cualquier otro momento y lugar, con sólo apretar un botón.


