por Candela Saldaña - 01 jun 2019

 

 

En los ´60, numerosos movimientos contraculturales cuestionaron los sistemas de vida y de pensamiento vigentes.  Cientos de miles de jóvenes dejaron de valorar los modelos de racionalidad, tecnología, riqueza y consumo que guiaban a sus mayores, revalorizando el cuerpo y la sexualidad y volcándose a las experiencias místicas.

 

Los viajes y el contacto con la naturaleza se convirtieron, también, en una búsqueda espiritual, un encuentro de cada persona consigo misma.  Tomó forma la aspiración a una nueva sociedad, no militarista, opuesta a la violencia, que corregiría la injusticia de las diferencias sociales.

 

La memoria colectiva considera a la década de 1960 no solo como una época de cambios, tanto políticos como económicos, sino como un verdadero cambio de pensamiento.  Un período de importantes innovaciones tecnológicas y de renovación social y cultural, que generó la convicción de que se podía transformar el mundo.

 

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Poco a poco, en las sociedades que se consideraban democráticas, una revolución “del pensamiento” desafío al poder y a la autoridad establecida.  Comenzaron a levantarse voces que cuestionaban al sometimiento y la opresión de distintas minorías (personas de color, indígenas, mujeres, pueblos colonizados…), así como las intervenciones armadas en el exterior.  Un verdadero cambio en el modo de ver y pensar la realidad se había gestado.  En realidad, si bien el año 1968 marco el punto culminante de este movimiento contra el modelo de sociedad burguesa vigente, toda la década participo de cierta “aspiración revolucionaria”.

 

Nada quedó fuera del cuestionamiento: la concepción de la familia, la educación, el manejo de los medios de información, la relación de los humanos con la naturaleza, la democracia formal, la vida sexual, el trabajo, el sindicalismo, la liberación femenina…  Todas estas nuevas formas de manifestar el descontento escandalizaron a los sectores conservadores.

 

A partir de 1945, la mayor parte de las mujeres que vivían en países desarrollados se integraron al mercado laboral y accedieron masivamente a la educación superior.

 

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Sin embargo, su presencia en oficinas, fábricas y universidades no fue acompañada por un cambio en las relaciones entre sexos: las mujeres trabajaban a cambio de un salario, pero seguían atadas al mandato social de la maternidad y las tareas hogareñas.

 

Esta situación impulsó el renacimiento del movimiento feminista del siglo XX.  La segunda ola feminista fue iniciada por mujeres de alta y clase media.  Particularmente, aquellas que contaban con educación universitaria habían advertido que tenían roles determinados que les marcaba la educación, y que los medios masivos de comunicación y la publicidad consolidaban.  Este modelo hacía hincapié en un modelo de mujer con una cómoda posición económica, ama de casa, madre y consumidora; una mujer rodeada del confort tecnológico y, a  la vez, prisionera de él.

 

Si bien las mujeres habían obtenido algunas conquistas en la esfera pública, estas no habían modificado las limitaciones femeninas en la vida privada.  La escritora francesa Simone de Beauvoir había escrito “El segundo sexo”, donde afirmaba que la situación subordinada de la mujer no provenía de sus condiciones naturales, sino de imposiciones culturales.

 

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Movimientos feministas volvieron a ponerse en marcha para lograr una toma de conciencia en las mujeres y la verdadera igualdad entre ellas y los hombres.  Cuestionaron la publicidad sexista y la pornografía, la desigualdad en los salarios por igual trabajo y las dificultades de las mujeres para acceder a cargos de responsabilidad, aunque tuvieran la misma formación que los hombres.

 

Las feministas radicales sostenían la consigna “Lo personal es político”, ya que consideraban que por separado conducía a un análisis erróneo de lo social, y por eso también se concentraron en aspectos privados como el matrimonio, la sexualidad y la maternidad.

 

En 1966, Betty Friedan dirigió en los Estados Unidos la Organización Nacional de Mujeres, de donde se desprendió el Movimiento de Liberación Femenina, en 1967.  Presionaron sobre partidos políticos, legisladores y candidatos presidenciales, organizaron encuestas  y editaron libros a favor de la liberación femenina en sentido amplio.

 

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La creación de la píldora anticonceptiva, que se comenzó a comercializar en los ´60 colaboró con la causa, ya que contribuyó a separar la sexualidad de la procreación.  De todos modos, las feministas no se conformaron y pidieron, además, el derecho al aborto, que se logró entre las décadas del 60 y 70 en los Estados Unidos y en algunos países de Europa.

 

En la actualidad, en la mayoría de países latinoamericanos se lucha por la conquista de ese mismo derecho y por el descarte de la persistente subordinación de la mujer.

 

Gracias a la revolución gestante de siglos anteriores, con la liberación femenina de la década del 60 se dio el paso para hacer oír los planteamientos de estas hijas de la libertad.

 

Simone de Beauvoir, escritora y feminista francesa, expresaba que “No se nace mujer: llega una a serlo.  Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino.”

 

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Estas vibrantes palabras no podían estar más acertadas, pues el precioso testimonio escrito de las luchas feministas descubre la existencia de algunas rebeldes que se imponían contra los cánones de su tiempo dejando de lado la figura de hija, esposa o madre impuesto por el patriarcado.  Para salirse de las normas sociales, estas mujeres, desde posiciones ideológicas diferentes a las que imperan en sus círculos, no se resignan al silencio o la conformidad y lanzan su protesta.

 

En la actualidad hay un sinnúmero de mujeres que escriben, hablan, debaten y exponen sus ideales sobre una sociedad de mujeres que se moviliza con mayor intensidad.  Estas lo hacen gracias a las altivas damas de épocas anteriores, que lograron abrir sendas para las generaciones presentes y futuras.

 

Alzando su voz, contra los vientos patriarcales y castradores, que las limitaban de romper con los cerrojos culturales de los arquetipos que muy injustamente las tenían esclavizadas.