por Candela Saldaña - 16 mar 2019

 

 

Octavo día del mes de marzo.  Esta fecha carga con una gran significación, ya que es el Día de la Mujer.  Aquella que para la ciencia evolucionó del simio; y para la religión, se creó de la costilla de Adán para que este no estuviera solo.

 

Pero más allá de ser a partir de la evolución que dio el tiempo o de la costilla extraída con un propósito, es el nacimiento de una verdadera historia que trae consigo triunfos, altibajos, reconocimientos y cuestionamientos, de un mundo muchas veces cruel y perseguidor para con las mujeres.

 

Recordemos a aquellas que han dejado jirones de su vida por entregarse a un solo propósito: la igualdad.  Esa que se persigue hace tanto tiempo en distintos aspectos como la ciencia, la literatura, la música, las instituciones, etc.  En definitiva, igualdad en la palabra y en la acción.  Mujeres inteligentes, revolucionarias y con un espíritu de cambio que merecen el reconocimiento de no olvidar jamás sus nombres.

 

Desde escritoras, como Mary Shelley, Jane Austen, Victoria Ocampo, Alfonsina Storni; hasta damas de la guerra, nuestras guerras, que han apoyado la lucha de nuestro país: mujeres como Juana Azurduy, Mariquita Sánchez de Thompson, Encarnación Azcuénaga e incontables más.  Personajes de nuestra historia que han luchado por nuestro despertar nacional haciéndose oír aun teniéndolo todo en contra.  Y esa lucha tiene su recompensa en la actualidad, ya que ahora tenemos importantes participaciones en la política, el arte y otros campos de acción, con una amplitud que antes se nos habían negado por el solo hecho de ser mujeres.

 

Esas castas que repudiaron nuestro despertar, año tras año vieron nuestra lucha cada vez más estremecedora.  Y hoy en día, ese espíritu revolucionario no concluyó: vive en cada maestra, enfermera, personal doméstico, etc. que como todos, tienen boletas que pagar, hogares que proteger y sueños que cumplir.

 

Estas hijas de la libertad y mujeres revolucionarias no se dan por vencidas ni ahora ni nunca.  Porque si de algo estoy segura es que si una sola mujer trastabilla o cae, habrá miles que le sujetarán la mano y la levantarán sin importar su ideología política, raza o religión.

 

Altivas y orgullosas, estas espaldas cargaron la historia y continuarán haciéndolo.  Por esta razón, se merecen que las tengamos siempre presentes.  Porque sin ellas, no habría historias que contar o triunfo alguno que merecer.