William Wallace, el héroe trágico de Escocia

por Agustín Boero

25 ago 2018

 

 

"En verdad no es por gloria, ni riqueza, ni honores por lo que luchamos, sino por la libertad; por eso sólo, a lo que ningún hombre honrado renuncia salvo con su vida".

 

A finales del siglo XIII, Escocia vivió una de las fases más críticas de su historia. En 1286, el rey escocés Alejandro III falleció al precipitarse su caballo por un acantilado, dejando como única heredera del trono de Escocia a su nieta de tres años, Margarita.  La nobleza escocesa se apresuró a organizar una regencia que ejerciera el poder en nombre de la nueva soberana y frenara cualquier intento de alzamiento. Los nobles escoceses se reunieron en Scone –la localidad donde, desde los remotos tiempos de los celtas, coronaban a los reyes de Escocia– y eligieron entre ellos a seis Guardianes para ejercer la regencia. Sin embargo, poco después se anunció una nueva desgracia: la reina niña había fallecido en 1290, durante el azaroso viaje por el mar del Norte entre Noruega y Escocia. El rey Eduardo I de Inglaterra aprovechó el suceso para intervenir directamente en los asuntos escoceses. Aprovechando la rivalidad de los nobles competidores por el trono, Eduardo ofreció su mediación para que finalmente se coronara en Scone a uno de ellos, John Balliol, quien de inmediato juró lealtad al soberano inglés.

Ocupación inglesa de Escocia

Eduardo I pensó que Balliol se convertiría en un rey títere a su servicio, pero pronto hubo de desengañarse. Cuando intentó arrastrar a Escocia a sus constantes guerras feudales contra Francia, los barones escoceses lo desafiaron ratificando lo que luego se denominó la Vieja Alianza Franco-Escocesa contra Inglaterra. Eduardo –apodado Zancaslargas, por su talla imponente– respondió con una expedición de castigo contra Escocia en 1296, en la que capturó a Balliol y lo trasladó preso a Londres. Eduardo I mandó a sus tropas ocupar el reino y envió a funcionarios ingleses para gobernar el país.

Fue entonces cuando entró en escena William Wallace, poniéndose al frente de la resistencia contra el dominio extranjero. William Wallace pertenecía a una familia localmente influyente, puesto que su padre era un caballero y pequeño propietario rural y su madre la hija del sheriff del condado de Ayr. Se cree que hacia 1289 pasó un tiempo en el condado de Stirling con un tío suyo clérigo, quizá porque el destino natural de un hijo menor sin tierra y con capacidades intelectuales era la Iglesia. Se atribuye a ese tío capellán que Wallace adquiriera un sentido moral de la libertad mediante la lectura de los autores clásicos latinos, ideal que inspiraría su combate contra el poder inglés.

En 1297, William Wallace asaltó Lanark, al frente de una banda de 30 hombres y dio muerte a su sheriff en el castillo de la ciudad. A continuación, Wallace organizó un ejército campesino que obtuvo varios éxitos notables en su lucha contra las autoridades inglesas. Los demás nobles escoceses intentaron sumar sus fuerzas para combatir al ejército de ocupación, pero pronto se vieron forzados a rendirse. El único otro líder escocés que hizo avances en la resistencia fue Andrew de Moray.

El Guardián de Escocia

Wallace y Moray unieron sus tropas cerca de Stirling para vencer al grueso del ejército invasor, sorprendiéndolo cuando atravesaba un estrecho puente de madera sobre el río Forth. De la animadversión entre ambas naciones da idea lo sucedido al tesorero Hugo de Cressingham, un "hombre de la iglesia gordo y frívolo" que había guiado a los ingleses en su avance. Cuando intentaba huir, Hugo cayó del caballo, fue capturado y los escoceses le arrancaron la piel a tiras y se las repartieron. Tras dirigir una campaña de saqueo por el norte de Inglaterra, Wallace retornó para ser armado caballero y único Guardián de Escocia, un puesto insólito para alguien no perteneciente a la nobleza. Wallace llegó a gobernar una extensa parte de Escocia reconquistada a los ingleses.

Sin embargo, su buena estrella no duraría mucho. En 1298, Wallace se apostó con sus hombres cerca de Falkirk, para esperar al ejército inglés comandado por el propio Eduardo. Los escoceses se situaron frente a un terreno cenagoso y con un bosque detrás. Pero había cometido el error de ceder la iniciativa al enemigo. La caballería inglesa atacó por los flancos, evitando la ciénaga. Entonces empezaron a llover las flechas de los arcos largos galeses que Eduardo había incorporado a su ejército y los lanceros fueron cayendo en el sitio, hasta que los pocos que quedaban, incluyendo a Wallace, optaron por huir.

Traición y liberación

Después de la batalla de Falkirk, uno tras otro los nobles escoceses hicieron la paz con Eduardo, mientras Wallace se daba a la fuga. El cargo de Guardián de Escocia recayó en los dos nobles más influyentes, Robert Bruce y John Comyn. Tras obtener algún éxito contra las tropas inglesas, en 1304 el pequeño grupo de Wallace fue aniquilado y él se quedó solo, reducido a la condición de fugitivo. Al año siguiente, un caballero escocés al servicio de Eduardo lo delató cuando iba a entrevistarse con Bruce, quien a la sazón también estaba del lado de Eduardo para contrarrestar las ambiciones de Comyn, su rival por el trono escocés.

Tras ser arrestado, Wallace fue trasladado a Londres para rendir cuentas al rey inglés. El tribunal incriminó a Wallace por bandidaje y traición. Durante el proceso no le permitían hablar, si bien cuando pronunciaban la palabra "traidor" les replicaba que él siempre había sido un súbdito del rey escocés John Balliol (exiliado en Francia desde 1299), nunca de Eduardo. Como no podía ser de otra forma, William Wallace fue condenado a muerte. La ejecución se diseñó con sumo cuidado.  Primero lo ahorcaron como asesino y ladrón, cortando la cuerda antes de que muriera. Luego lo mutilaron y le sacaron las tripas, por traidor a Inglaterra. Echaron al fuego su corazón, hígado, pulmones e intestinos, en castigo por los sacrilegios que había cometido al saquear bienes eclesiásticos ingleses, y por fin lo decapitaron. Su cabeza quedó ensartada en un poste en el puente de Londres y el resto de su cuerpo fue descuartizado.

Sin duda, la trágica muerte de William Wallace impresionó a sus compatriotas, aunque inicialmente no se produjo ninguna reacción. Para la aristocracia escocesa, la ejecución de Wallace –y algún otro compañero suyo– era un preliminar al acuerdo de paz y perdón que les ofrecía Eduardo. No se produjo tampoco ninguna protesta popular, quizá porque los escoceses se sentían derrotados, amedrentados y agotados por la larga guerra.

Sin embargo, en 1306 Robert Bruce volvió a cambiar de bando y reclamó para sí el trono escocés iniciando una nueva rebelión. Eduardo I murió al año siguiente, mientras se dirigía a sofocar el nuevo levantamiento, y Bruce aseguró la independencia de Escocia, con su victoria frente a Eduardo II. En 1320 los líderes de la nobleza y la iglesia de Escocia redactaron una carta al papa pidiendo el reconocimiento para su rey Roberto I. En las vibrantes palabras de la hoy conocida como Declaración de Arbroath, se reconoce el espíritu de Wallace, mucho más que el de Bruce y sus descendientes, los reyes Estuardo, ya que sitúa la voluntad y la libertad de la nación por encima del rey.