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Incierto

por C. Fernández Rombi

06 jun 2017

 

 

¡Esta es la noche!

 

Es ya mucho tiempo de esperar sin resultados, de sueños frustrados con esta mujer primordial. ¿Será hoy, María? ¡Debe serlo!

 

Los signos han sido claros y no permiten confusión. Sus palabras también… ¡Será hoy! Ya no soy un muchacho y pareciera que rejuvenezco. María ocupa toda mi capacidad de soñar y de amar. He vuelto a vibrar como un adolescente ante su primera cita de amor.

 

Igual entrega, la misma desesperación.

 

No he conocido mujer que siquiera se le parezca, que tan solo la roce en somera comparación… ¡Soy hombre afortunado!

 

Y al final, luego de tantos desvaríos, tanta persecución, y -¿por qué no?- acoso sin desmayo… ha dicho: ¡sí!

 

El sol se burla de mí. Pareciera que nunca va a iniciar su curva al poniente; que la noche no ha de llegar jamás. Sé que vuelvo a desvariar… ¿Y qué? ¡Vale la pena esperar!

 

Voy matando el tiempo: imagino una y otra vez… sus ojos, oscuros e inquietantes; su media sonrisa que me descoloca y trastorna; el sonido profundo de su voz, que sugiere profundidades de abismo; el roce de sus manos, siempre esquivo, siempre electrizante…

 

Cae la noche (¡por fin!) en la ciudad.

 

Voy hacia ella. Respiro profundo y más, buscando algo del propio control. Llegó a la puerta y mis nudillos, suave, tocan la oscura madera.

 

-¡Hola, mi amor!

 

-Hola, Ana ─mi voz, opaca y desmayada, agrega una trivialidad─ ¿Todo bien?

 

La puerta se cierra detrás del hombre desalentado.