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La conversación

por C. Fernández Rombi

5 abr 2017

 

 

Tres días antes de mí cumpleaños setenta y cuatro, a solas con mi nieto Ezequiel, de quince, mantenemos una animada conversación. Sus inquietudes de muchacho inteligente y con ganas de madurar lo más rápido que le sea posible, han permitido que en el último año mantengamos largas conversaciones en las que me interroga acerca de todo lo que se le ocurre. Toda una alegría para mí, porque noto que me escucha con interés.

 

Esta mañana de sábado, me llama por teléfono para preguntarme si me molesta que se venga caminado hasta mi casa (unos tres kilómetros). Le contesto que por el contrario y que yo salgo caminando hacia él; quedamos de acuerdo en caminar por la calle Boedo. Así es que nos encontramos a medio camino, me acompaña a la feria de los sábados y luego a casa. Nos hace compañía la música de la FM y sólo nos separan unos buenos vasos de jugo de naranja. Todo bien, todo lindo para ambos y, de pronto, me dispara la pregunta que me hace vacilar y, de momento, me deja sin respuesta.

 

─Abuelo… ¿vos que esperás para el futuro?

 

No sé cómo salgo del paso. Seguramente diciendo alguna generalidad; como escritor no son las palabras lo que me faltan. Pero la pregunta me quedó picando… ¡y picando mal!

 

¿Cómo explicarle a mi nieto que el futuro para un joven y para un viejo representa dos cosas distintas? Sé bien que la respuesta que acudió de inmediato a mi boca fue: nada.

 

(Salvo que esperar una muerte digna, que no se enferme mi mujer, que mis hijos y sus hijos se realicen en plenitud… fuera una respuesta. Pero no creo que hablarle de la muerte fuera lo mejor para Ezequiel).

 

Reflexión acerca del paso del tiempo:

Dios es el piadoso por excelencia. El hombre, a veces, tiene piedad. El mismo Diablo, a veces, tiene piedad. El Tiempo es inexorable, nunca tiene piedad.