por Candela Saldaña - 06 sep 2019
En los años que prosiguieron a la década de 1850, la política en la Argentina se transformó. Creció el lugar del debate, los “doctores” desplazaron a los “caudillos” y se formó una nueva ciudadania. De esa nueva ciudadanía, se destacaron los grandes proyectistas como Alberdi y Sarmiento. El país se vinculó con el mundo capitalista en expansión y comenzó a transformarse con la inmigración, la colonización, la agricultura, la producción de lana, la construcción de los ferrocariles y la modernización de las ciudades.
Pero a pesar de la fragorosa construcción del Estado, la vieja Argentina seguía presente y los conflictos en torno a las relaciones entre el poder central y las provincias aún causaban tensiones de todo tipo. Un personaje particular de la escena conflictiva porteña de la época buscaba el orden y la paz, ya que constituian la garantía de expresión legítima del pueblo y de la ciudadanía. Domingo Faustino Sarmiento creía fervientemente que la educación constituía un elemento clave para la formación de ciudadanos actívos y conscientes de sus derechos y deberes políticos y electorales. Propuso extender la alfabetización mediante un programa de educación popular. 80% fue el índice de alfabetismo de la población que logró la presidencia de Sarmiento desde 1868 a 1874.

Domingo Faustino Sarmiento
Este renombrado actor social de la historia nacional nació en San Juan el día 15 de febrero de 1811. Hijo de José Clemente Cecilio Quiroga Sarmiento y Paula Zoila Albarracín Irrazábal. Su padre y su tío, José Manuel Eufrasio Quiroga Sarmiento, le enseñaron a leer a los cuatro años. En 1816 ingresó a una de las llamadas “Escuelas de la Patria”, fundadas por los gobiernos de la Revolución. Cuando terminó la primaria tramitó una beca para estudiar en Buenos Aires. No la consiguió y tuvo que quedarse en San Juan, donde fue testigo de las guerras civiles que asolaban la provincia. Marchó al exilio en San Francisco del Monte, San Luis, junto a su tío, José de Oro. Allí fundaron una escuela que sería el primer contacto de Sarmiento con la educación. En 1827 se produjo un hecho que marcaría su vida: la invasión a San Juan de los montoneros de Facundo Quiroga. Decidió oponerse a Quiroga incorporándose al ejército unitario del General Paz. Con el grado de teniente, participó en varias batallas. Pero Facundo parecía por entonces imparable: tomó San Juan y Sarmiento decidió, en 1831, exiliarse en Chile. Es aquí que comienzan los romances escandalosos de los que muy pocos saben, los cuales ya son las cenizas del polvo viejo de los cuerpos de sus protagonistas. En el padre del aula, detrás de esa figura formal e impecable que altivamente enarbolaba, se escondía un hombre que no podía controlar el impulso de dejarse llevar por el deseo de la carne y la tentación arrolladora de las pasiones desenfrenadas. Era un hombre que poseía un excelente poder de oratoria que atraía a las jovencitas idealistas de la época, ya que lo cierto es que su apariencia no lo ayudaba demasiado.
En Chile, Sarmiento comienza a trabajar como maestro en San Francisco del Monte, donde conoce a una joven chilena de tan solo 16 años llamada Jesús del Canto. El fugaz amor de la pareja dejó una marca indisoluble en el tiempo, ya que tuvieron una hija, quien fuera bautizada como Faustina. La pareja no volvió a verse jamás, y la pequeña niña fue criada y educada por Doña Paula Albarracín, la madre de Sarmiento, con la ayuda de sus hermanas, en la humilde casa de San Juan. Aquella pequeña se convertiría con el transcurrir de los años en la única compañía de Sarmiento durante sus últimos días de vida en el Paraguay.

Benita Agustina Martínez de Sarmiento
Más de una década después de su primer amor, precisamente en 1845, y luego de un largo viaje por Europa, Estados Unidos y África, Sarmiento regresa a Chile, esta vez a Valparaíso, donde comienza una relación clandestina con Benita Martínez de Pastoriza, una mujer casada. Por aquella época, Benita da a luz a su único hijo, del cual siempre se ha dudado la identidad de su padre biológico, ya que muchos aseguran que se trata del hijo legítimo de Sarmiento. Lo cierto es que en 1848 el Padre del Aula regresa a Valparaíso con el objetivo de contraer matrimonio con Benita, además de adoptar al pequeño niño y darle su apellido, quien pasa a llamarse Domingo Fidel Sarmiento.
Luego de muchos años, Sarmiento regresa a Buenos Aires con 34 años de edad y se ve envuelto en la fina elegancia de una jovencita de 14 años. A quien había conocido de niña, pero que el paso de los años la habían convertido en una adolescente hermosa, inteligente y amante de la política: Aurelia Vélez Sársfield, hija de Dalmácio Vélez Sársfield, quien fuera amigo de Sarmiento. Aquella era la mujer ideal para él, pero lamentablemente aún estaba casado, y Aurelia también, ya que había contraído matrimonio con su primo Pedro Ortíz Vélez.
“Te amo con todas las timideces de una niña y con toda ia pasión de que es capaz una mujer. Te amo como no he amado nunca, como no creía que era posible amar. He aceptado tu amor porque estoy segura de merecerlo. Sólo tengo en mi vida una falta y es mi amor a ti. Perdóname encanto mío, pero no puedo vivir sin tu amor. Escríbeme, dime que me amas, que no estás enojado con tu amiga que tanto te quiere”. Aurelia Vélez Sarsfield da cuenta en estas palabras de un desgarrador amor, las de una jovencita tal vez ingeniua y embelezada por la formalidad de un hombre de ideales educativos oratorios de grandes alcances.

Aurelia Vélez
Dos años después de separse definitivamente de Benita Martínez, Sarmiento parte a Estados Unidos para desempeñarse como Embajador. Y a pesar de seguir enamorado de Aurelia, mantiene allí un romance con una joven profesora de inglés llamada Ida Wickersham, quien también estaba casada. Aquella aventura perdura por mucho tiempo, incluso mantuvieron el contacto a través de cartas; incluso en 1868, cuando regresa a la Argentina habiendo sido elegido Presidente de la República. Al cumplir los 77 años, Sarmiento parte hacia el Paraguay. Una vez allí, le escribe a su gran amor para que se reúna con él; a lo que Aurelia, quien también se confesó enamorada del Padre del Aula, responde de manera positiva viajando a su encuentro. Pero el destino cruel y castigador les jugaría una mala pasada, ya que Aurelia no alcanzó a hallarlo con vida, quien daría su último respiro el 11 de septiembre de 1888.
Sarmiento, el escritor, educador y estadista argentino, abrió muchas puertas capitalistas y culturales del mundo para la sociedad argentina de aquel entonces. Pero lo cierto es que podemos contar infinitas puertas de habitaciones de jovencitas que con esa misma facilidad abrió y cerró durante el despertar de sus pasiones. Tras esa figura de respetado educador quedaron acallados romances tan bien ocultos como escandalosos y verdaderos, que después de muchos años tenemos el poder de desempolvar.