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por Candela Saldaña - 17 may 2019

 

 

Las causas que originaron los sucesos del 25 de mayo de 1810 no surgieron de un día para el otro.  Formaron parte de un proceso en el que jugaban cuestiones políticas, económicas y sociales de Europa y de América, que se fueron desarrollando durante años.

 

El deterioro del poder de las instituciones españolas en América, y concretamente en Buenos Aires, fue realmente importante: había poca comunicación con las autoridades de España y sobre todo había poco dinero en las arcas del virreinato.  Las ideas de la Revolución de los Estados Unidos y la Revolución Francesa se expandían por el mundo y habían impactado a muchos porteños que querían otro tipo de régimen en el Rio de la Plata.

 

Otro factor que contribuía al clima revolucionario fue el poder que tenían las milicias criollas, que se habían formado a partir de las invasiones inglesas.  Estas milicias, especialmente el Regimiento de Patricios, comandadas por Cornelio Saavedra, tuvieron una destacada actuación en los sucesos de mayo; y quedó en evidencia que los criollos podían tomar sus propias decisiones por sobre la de los peninsulares.

 

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El ambiente estaba preparado para un cambio en las relaciones políticas y económicas entre Buenos Aires y su metrópoli.  Solo faltaba el detonante.  Y el detonante fue, en el Río de la Plata, cuando se supo que las tropas napoleónicas triunfaban en España y que por todas partes se reconocía la autoridad real de José Bonaparte.  La noticia de la caída de la Junta Central de Sevilla a manos del ejecito francés, generaba una crisis en la representatividad del virrey, ya que la junta que lo había designado no existía.

 

En ese momento, el virrey a cargo del Río de la Plata era Baltasar Cisneros.  No fue extraño que intentara, primero, demorar la comunicación de las novedades; y luego, ganar tiempo aduciendo que iba a consultar a las provincias.  Pero no logró lo que quería y comenzó a producirse una grave crisis institucional.

 

Las reuniones, conspiraciones y rumores crecían hora a hora.  Los jóvenes intelectuales, las autoridades criollas y las milicias participaban de estas conspiraciones cuyo objetivo era lograr un cambio institucional en el gobierno colonial.  Los cuarteles estaban preparados y quedaba claro que no apoyaban al virrey.

 

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El 21 de mayo núcleos de vecinos con el apoyo de los cuerpos militares nativos, exigieron de Cisneros la convocatoria de un cabildo abierto para discutir la situación.  Saavedra, Juan José Castelli y Belgrano fueron los representantes de los grupos descontentos ante el virrey; mientras que las milicias y los activistas revolucionarios, como Domingo French y Antonio Beruti, movilizaban a la población.  Ante estas presiones, Cisneros no tuvo más remedio que aceptar la convocatoria.

 

La reunión fue el 22 de mayo.  Y las autoridades procuraron invitar el menor número posible de personas, eligiéndolas entre las más seguras.  Pero abundaban los espíritus inquietos entre los criollos que poseían fortuna o descollaban por su prestigio o por sus cargos, a quienes no se pudo dejar de invitar; así, la asamblea fue agitada y los puntos de vista categóricamente contrapuestos.

 

Concurrieron 251 vecinos al Cabildo, más o menos la mitad de los invitados.  Muchos revolucionarios estaban entre los convocados; otros, permanecieron en la Plaza ejerciendo presión sobre los que ingresaban.

 

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El tema central de la discusión del Cabildo abierto fue si el virrey era una figura con la debida autoridad o si se debía buscar otra representación.  Una de las posturas sostenida por el Obispo Lué y el fiscal Manuel Villota señalaba que el virrey debía mantenerse en su cargo y no agravar más la situación.  Mientras que otra, sostenida por jóvenes revolucionarios representados por Castelli, proponía que el virrey cesara en su cargo, ya que ni la junta ni el rey estaban en el poder, y que fuera reemplazado por una junta elegida por el pueblo.

 

“…Ha caducado el gobierno soberano de España.  Los derechos de la soberanía han revertido al pueblo de Buenos Aires, que puede ejercerlos libremente en la instalación de un nuevo gobierno, principalmente no existiendo ya, como se supone, la España en la dominación del señor don Fernando VII”.  Estas vibrantes palabras expresaba Castelli, en un clima de tensiones incesantes y miradas detonadoras.

 

Finalmente, una propuesta conciliadora de Saavedra dejo en manos del Cabildo la tarea de designar a una junta de gobierno.  La asamblea realizada el 22 de mayo se diferencia fundamentalmente de los típicos cabildos abiertos de la época, pues surgió y fue impuesta por el curso de los acontecimientos, contra el parecer de los regidores y aun del propio virrey.  Ya no fue un simple y cordial cambio de opiniones entre las autoridades españolas y unos pocos vecinos, sino la expresión de un verdadero movimiento revolucionario.

 

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El día 23 por la mañana, el Cabildo ordinario efectuó el recuento de sufragios que arrojó las siguientes cifras: por la destitución del virrey, 155 votos; y por su continuación en el mando, ya sea solo o asociado, 69 votos.  La mayoría de los sufragios decretaban la cesantía del virrey y la entrega del gobierno provisionalmente al Cabildo hasta constituirse una junta elegida por el pueblo.

 

El Cabildo abierto había demostrado el pensamiento de los patriotas y la solidaridad de algunos grupos, pero era evidente la diversidad de opiniones, debido a la falta de unidad de la masa revolucionaria.  Sus vacilaciones fueron aprovechadas por el Cabildo ordinario para elaborar un audaz plan que burlaba la voluntad popular.

 

Al día siguiente, los ganadores se vieron sorprendidos y traicionados: el Cabildo anunció la formación de una junta integrada por criollos, pero presidida por el virrey y completamente independiente del Cabildo.  El clamor de los criollos fue intenso y el día 25 se manifestó una demanda enérgica del pueblo, que se había concentrado frente al Cabildo encabezado por sus inspiradores y respaldado por los cuerpos militares de nativos.

 

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El Cabildo comprendió que no podía oponerse y poco después, por delegación popular, quedó constituida una junta de gobierno que presidía el comandante de Patricios, Cornelio Saavedra; sus secretarios eran los abogados criollos Mariano Moreno y Juan José Paso.  Con carácter de vocales se incorporaron los abogados Manuel Belgrano y Juan José Castelli, el sacerdote Manuel Alberti, el militar Miguel de Azcuénaga y los comerciantes librecambistas de origen español Juan Larrea y Domingo Matheu.

 

Este fue nuestro Primer Gobierno Patrio, todos eran criollos excepto por Matheu y Larrea, comerciantes españoles.  Fue el primer gobierno en la historia del Río de la Plata encabezado e integrado en su mayoría por americanos.

 

Sin duda, los días anteriores al decisivo 25 de mayo fueron enmarcados por una agitación revolucionaria trascendental. Los sentimientos de independencia y de autogestión inundaban las mentes más ilustradas de la época.  Al mismo tiempo, la petición del pueblo de un gobierno libre, encendía la llama de un fuego triunfante de cambio, que coronaría con laureles de gloria y libertad a muchos protagonistas que dejaron sus vidas durante las guerras de independencia.  Iniciadas en el clima detonante de la histórica semana de mayo de 1810.