por Leonardo Saphir – 16 oct 2021
“Pasó mucho tiempo. Y me detengo en la aparición del hombre, que tiene su origen en causas naturales, pero con un plus: su capacidad de razonar. Fue un hito producido hace dos millones de años. Por ello, nuestro próximo encuentro lo traslado a ese nuevo hoy y la prospectiva es a partir de él. El primer ser humano fue parido por una mona, dirían los darwinianos, o es el inicio del sexto día de la creación, dirían los teólogos”.
Así terminaba la entrega anterior; entonces prosigo. A medida que avanzo en la historia desde la nada y el algo, el panorama se va despejando. El verbo prospectar tiene sentido real desde el hoy y hacia el futuro. El pasado transcurrió y la incertidumbre se fue convirtiendo en certidumbre. Su estudio tiene dos objetivos principales:
-analizar las causas de los desvíos entre lo proyectado y lo real.
-servir de base de datos para los nuevos pronósticos.
En nuestro caso, el ejercicio, el hoy supuesto, acaeció hace dos millones de años. No obstante servirá para aprovechar o ejercitar, valga la redundancia, el intelecto. Por lo pronto, ya habían pasado 14.500 millones de años desde la creación del universo, y como se sabe, el bebé recién nacido venía con genes heredados y algún plus nuevo en su cerebro. En los cinco o seis primeros años de vida fue acumulando gran parte de sus condiciones cognitivas que desarrollará a lo largo de su vida. Y por propia definición, por ser el primer ser humano, también será el primer prospectante.

Dos cuestiones tienen que ser abordadas. Una, la científica y la otra la religiosa. La primera data el origen en restos de huesos descubiertos en 1974, y los estudios lo determinan en tres millones de años atrás (no en los dos millones de años, según nuevos estudios). Bautizada como Lucy, es una mujer. Pero en el mismo lugar, África, se encontraron restos de al menos cuatro o cinco seres humanos más de iguales características, pero no se determinó el sexo. Yo deduzco que alguno de ellos era varón: yo.

La otra, la religiosa, le adjudica la creación a Dios. Por lo pronto, en mi vida no existía la ciencia, y por tanto cuando tuve que razonar ante algún dilema que la vida me presentó, recurrí a mirar al cielo en busca de respuestas. Y las tuve. Recuerdo una: ante una pelea con otro humano, alguien puso en mi mano un palo para defenderme ante el ataque. Ese palo fue muy importante en mi vida en la colonia. Me dio prestigio y poder. Y a propósito de este hecho, luego tuve que pensar como mantenerlo y proyectarlo a través del tiempo. Esta es mi testificación.
El próximo testimonio lo daré en la siguiente entrega donde personificaré a un señor llamado Isaac Newton. Saludos a los lectores.



